jueves, 17 de marzo de 2016

Raid Verde


Se acercaba el 24 de diciembre y con ello la compra del niño Dios para mi hijo Lucas. Entre el trabajo, las reuniones familiares, la novena y el ocio había olvidado por completo su regalo de navidad. Me acerqué a él y le pregunté rápidamente –hijo, ¿qué quieres que te traiga el niño Dios?-, ni corto ni perezoso me contestó al segundo una retahíla de juguetes con nombres raros y desconocidos para mí, pero al final y dándole mayor énfasis al asunto me dijo con su particular forma de hablar –lo que más quiero es un muñeco de Raid Verde, ¿si sabes cuáles son?- Yo le contesté automáticamente que si pero la verdad no tenía ni idea de cuál era ese muñeco de Raid Verde al que se refería, pero me dije –eso en las tiendas de juguetes deben saber cuál es- y me fui raudo a realizar la respectiva compra.

Uno a uno visité todos los lugares especializados en juguetes infantiles y la respuesta en cada uno de ellos fue negativa, tampoco nadie sabía del muñeco ese que quería mi hijo con tanta devoción. –Debe ser que era el juguete más popular de la temporada y se agotó velozmente- me dije tratando de justificar mi descuido.

De repente se me ocurrió una gran idea, acudí al todo poderoso y sabio Google para averiguar quién era el mencionado artefacto. Digité Raid verde en la barra exploradora y me salieron cientos de imágenes de un insecticida. -¡Mierda!, de todo me esperaba menos esto- pensé al instante. –Debe ser que dicha marca creó alguna especie de supe héroe que mata insectos en todos los planetas y ahora éste es la sensación entre los niños de la edad de mi hijo.

Me fui a SAO del Portal del Prado directo a la sección de insecticidas y allí efectivamente encontré un Raid Verde, pero no había ningún muñeco con él. Desesperado y sin saber qué hacer tomé uno de los frascos y lo mandé a envolver en papel de regalo.

El 25 en la mañana mi hijo se levantó bien temprano a abrir sus regalos. Los que eran ropa y zapatos los desechaba al instante al igual que carritos y balones. Finalmente llegó a lo que estaba buscando y lo abrió rompiendo su envoltura en un santiamén. Al abrirlo su cara de asombro y confusión no se hicieron esperar y hablando en tono alto y enérgico me dijo –papá, ¿qué es esto?- De inmediato le respondí tratando de solventar la situación –mijo, el niño Dios no pudo conseguir tu muñeco de Raid Verde pero te trajo el recipiente para que tu acabes con todos los insectos de tu casa- El llanto de mi hijo salió a flor de piel y esta vez gritándome me alegó –yo no pedí eso, yo pedí fue un muñeco de Raid Verde- y se fue corriendo a su cuarto. Mi esposa me veía con cara de decepción mientras yo no sabía que hacer ni que decir.

De repente mi hijo entró con una calcomanía en la mano y me dijo –éste es el muñeco que yo quería, no la cosa esa que me trajo el niño Dios-. Al ver la imagen impresa en la calcomanía me arrepentí de no estar al tanto de las tendencias televisivas y mucho más de sentir una severa aversión por la película de Star Wars. Resultó ser que el muñeco que quería mi hijo y que por su corta edad no sabía pronuncia era nadie más y nadie menos que el famoso Darth Vader.

Ahora estoy viendo como soluciono semejante embarrada.

@ajguzman

miércoles, 18 de noviembre de 2015

El vaso del loco

El vaso del loco

Cuando era niño y vivía en el barrio Paraíso de la ciudad de Barranquilla recuerdo que a nuestra casa llegaban muchas personas a pedir limosna, ropa usada, comida y por supuesto un vasito con agua que como bien dice el dicho –no se le niega a nadie-.

Entre dichos visitantes contábamos con gente sin hogar, desplazados, gamines, pordioseros y toda esa gente a la que vulgarmente llamamos “locos”. Si, así, entre comillas, porque muchas veces eran más cuerdos que los dueños de casa.

Para ese entonces contábamos con una “vajilla” de recipientes de vidrio donde venía la mermelada y luego cuando se terminaba era utilizada para brindarle el agua a todas y cada una de las personas que pedían el preciado líquido.

Dichos vasos, los de mermelada, rápidamente tomaron el nombre de “el vaso del loco” entre nuestra familia y por supuesto que ningún integrante de la casa era capaz de tomar agua en ellos por muy bien que se lavaran. Ahí en la despensa, en un rincón bien lejano y oscuro siempre estaba el vaso del loco y solo era sacado cuando recibíamos dicha visita.

Hoy, tal vez unos treinta años después, me encontraba en un hotel de cuatro estrellas de la ciudad de Bogotá y el vaso en el que nos sirvieron el agua era nada más y nada menos que el vaso del loco. Tan pronto lo vi, recordé mi niñez y lo mal visto que era el recipiente de mermelada, por lo que al principio me resultó difícil tomar la decisión de animarme a beber el agua. Pero ahora resulta que tomar el agua en el mencionado vaso tiene estilo y caché. 

Finalmente me decidí, tomé el agua y me supo a lo que debe saber, a agua. 

Muchas veces estamos llenos de prejuicios y nos volvemos pretenciosos, y hasta insoportables diría yo, pero cuando eso mismo que nos disgusta viene en un empaque ostentoso, con un nombre en inglés o la gente in lo usa o toma, entonces para nosotros empieza a ser aceptable y podemos llegar a pagar una fortuna por tenerlo.

Desde ya voy a empezar a coleccionar mi nueva vajilla con vasos de mermelada, y los seguiré llamando el vaso del loco, pero esta vez, el loco seré yo.

Antonio Javier Guzmán P.

 

lunes, 5 de octubre de 2015

La letra L



Los avances de nuestro hijo Lucas no dejan de sorprendernos día a día y como todos los padres, creemos que nuestro retoño es un súper dotado o peor aún, lanzamos esa frase tan temeraria y repetida que dice “mi hijo es el más inteligente del mundo”.

A sus escasos tres años es una esponja de absorber conocimiento y aprende en par patadas lo que le enseñan en el colegio y en su casa. Pero, no bastando con eso, su madre quiere que vaya más allá y ya le está enseñando a leer y escribir su nombre. Tarea difícil cuando apenas va por las vocales y los números del 1 al 10, pero ella no descansa y a punta de dedicación y esfuerzo ya ha empezado a ver sus frutos.

Cierto día, le escribió su nombre (Lucas) y le preguntó al niño -¿qué dice ahí?-. Él, hábilmente, aunque estoy seguro de que no sabía, respondió con la experiencia que le ha dado el buen número de veces que ha visto escribir la palabra con que fue bautizado. Mi esposa, intentando utilizar una metodología sacada de no sé dónde, dividió el nombre en cada letra y de esta manera decirle un animal, objeto o cosa que empezara con cada una de ellas y mostrarle dicha imagen para que las fuese asociando supongo.

Así entonces le dijo “tu nombre se escribe con la L de león, luego sigue la U de uva, después la C de casa, la A de árbol y por último la S de sapo”. El método parecía estar dando resultado porque Lucas tenía toda su atención puesta en las figuras del loro, la uva y el resto de dibujos.

Cuando llegó su turno, la mamá le quitó las imágenes y empezó por escribir la letra L y le preguntó –Lucas, ¿qué letra es esta?-. Él, le respondió en el acto, -la letra ele mamá-. La madre, orgullosa y sacando pecho por su victoria prosiguió a responderle –Ahora dime un animal que empiece por ele. -Lucas se quedó pensando unos segundos, y luego de un momento se le iluminaron los ojos y puso esa sonrisa pícara que nos tiene enamorados y dijo con la mayor seguridad del caso –ya se mamá: ele-fante-.

Hoy estoy plenamente convencido de que Lucas no será “el niño más inteligente del mundo”, pero más aún de que no me interesa que lo sea. Con su chispa, anécdotas continuas y verlo crecer feliz será suficiente para hacernos vivir experiencias que nos convierten en unos padres felices y afortunados de tenerlo como hijo.

Antonio Javier Guzmán P

viernes, 2 de octubre de 2015

La malicia indígena



En el país del Sagrado Corazón de Jesús tenemos una variedad completa de males de los cuales se puede sufrir, pero sin lugar a dudas, la mayoría, por no decir todos, radican en la corrupción. Narcotráfico, guerrilla, paramilitarismo, hambruna, desempleo, escases de alimentos, violencia, pobreza, todos y cada uno de los problemas que aquejan a nuestra sociedad de hoy en día si uno se pone a escudriñar se dará cuenta de que en esa cadena siempre habrá un eslabón corrupto que eleva dicho mal a la ene potencia.

Y cuando uno escucha la palabra corrupto lo primero que se le viene a la cabeza es un político. Y si, ellos lo son, todos lo son, no en vano cada año luchamos cabeza a cabeza por llevarnos el título del país más corrupto del continente americano. Pero lastimosamente, en Colombia, la corrupción no es exclusiva de nuestros gobernantes, ellos solo hacen parte del problema y dirigen a una masa de personas que no son mejores ejemplares que ellos.

Nosotros los elegimos, muchas veces por convicción, pero otras tantas por recomendación de un amigo, porque un familiar necesitaba el voto para conservar un empleo o porque le prometieron un puesto de corbata que seguramente nunca llegará. Claro está que también existen los que aceptan una bolsa de cemento, un cargo público o un billete, de la denominación que sea, o cualquier tipo de “retribución”. Cada uno de ellos no solo contribuye a la corrupción sino que hacen parte de ella.

Pero los políticos no son los únicos, decía, y para afirmarlo basta con salir a las calles y ver los miles de ejemplos de corrupción en los que caemos día a día. Si, caemos, porque aquí el verbo lo debemos conjugar en primera persona ya que nadie se escapa de éste mal. El ciudadano que en su carro se pasa al carril contrario para aventajar a los demás y luego frena el tráfico cuando se topa de frente con otro vehículo es un corrupto. Las señoras, rosario en mano, que apartan las sillas de la Iglesia como si fuesen de su propiedad son unas corruptas. El empleado que lleva a su casa lapiceros, hojas, y cualquier otro insumo de su empresa es un corrupto. El vecino que estaciona su automóvil ocupando dos espacios es un corrupto. El que vende Cd´s piratas y el que los compra son corruptos.

La lista es infinita, y podría extenderme y nunca terminar pero, ahora bien, ¿de dónde nos viene todo eso? Creo, sin temor a equivocarme, el problema nace con la malicia, mal llamada indígena. Nos vendieron la idea de que aventajarnos del prójimo era una virtud y ahora nada ni nadie puede detener esta avalancha de corruptos que somos los colombianos en todas las esferas. 

La malicia indígena es solo una pobre y patética excusa para justificar nuestra capacidad de hacer trampa, un engaño disfrazado de astucia. Pero nos llenamos la boca y sacamos pecho, orgullosos de ese “don” innato en nuestra raza pero que ha servido de poco o nada para salir del atolladero en el que nos encontramos y antes por el contrario cada vez más nos hunde en la mediocridad y nos condena al subdesarrollo.

Vivimos en la cultura del atajo, y en ella todos quieren ser ricos de la noche a la mañana, sin importar lo que se haga, sin importar a quien atropelles o el precio que los de tu entorno paguen por ello. Lo moralmente permisible para muchos en Colombia se ha vuelto confuso. Todo se vale para lograr fortuna y fama. La ley la acomodamos a lo que pensemos en el momento en que estemos.

Una cosa es el ingenio, la creatividad, la recursividad e imaginación y otra totalmente diferente la trampa, volarse un semáforo, no hacer fila, robarse el TV cable del vecino, etc. Pero nuestro país condona y hasta, muchas veces, celebra este tipo de conducta. 

Pero, ¿será que estamos destinados a seguir así por el resto de nuestros días y nos resignamos a morir tal cual como estamos? No, me niego rotundamente a creer en eso. Pero la solución está en el largo plazo y nosotros como colombianos no sabemos, ni queremos, nada que tarde más de un mes. Sin embargo, para acabar con ese mal llamado corrupción debemos centrar nuestras fuerzas e invertir en la formación del capital humano, hasta que un día, nazca una generación de ciudadanos portadores de valores, de creencias y de la información necesaria implantada en su disco duro que nos haga posible el milagro de disfrutar de una vida tranquila en medio de un país que crece con el sudor de la frente.

No cabe duda, el éxito o fracaso de una sociedad radica en las personas que la conforman, en sus valores, en sus creencias, en su conocimiento, en su formación. Y viéndolo de esa manera, Colombia necesita un cambio, no solo de sus gobernantes, necesitas cambiar tú, necesito cambiar yo. El esfuerzo que se requiere es enorme, pero si al menos logramos el compromiso de los que nos rodean ya habremos finalmente elevado nuestras anclas con buen viento y buena mar. 

Antonio Javier Guzmán P.

miércoles, 30 de septiembre de 2015

El placer de orinar sentado

 
Una de las grandes ventajas que el Creador nos dio a los hombres fue la capacidad de orinar de pies. ¡Y vaya que si lo he disfrutado a lo largo de toda mi vida! No hubo poste, árbol, llanta de carro o pared que se salvase de mi agüita amarilla. Bastaba con bajarme un poco la cremallera, sacar al individuo, apuntar y listo. Lo admito, eso de atinarle al blanco nunca ha estado en mis neuronas, pero de igual manera no fue impedimento para disfrutar el descargar la vejiga cuando ella lo exigía sin importar tiempo o lugar.

Pero ya en mi adolescencia empecé a tener problemas en casa con mi hermana. Cada vez que ella entraba al baño ponía el grito en el cielo. Primero, porque no subía la tapa y la dejaba toda chorreada. Yo le intentaba dar en el blanco pero por más esfuerzos que hacía todo era en vano. Por esos días me creía con la habilidad para esas maniobras e incluso hasta escribía mi nombre con letra cursiva en paredes y calles de mi barrio, hasta que una vez el papá de una vecina se dio cuenta que la letra era de su hija. Luego, a las mil y quinientas, y después de cientos de discusiones fui prácticamente obligado y sentenciado a levantar la dichosa tapa. Mi karma no terminó ahí, y luego el viacrucis fue el recordar bajar la bendita tapa. Nunca le vi problema, si cuando yo iba al baño me tocaba subirla, ¿por qué ella no la podía bajar cuando llegara? Pero de igual manera tuve que acceder a dicha solicitud (léase orden), y como buen hermano cumplí hasta donde pude con dicho objetivo.

Al casarme la cosa pasó a dimensiones industriales y el tema se convirtió en cantaleta por parte de mi señora esposa. “Baja la tapa”, “sube la tapa”, “orina adentro”, “baja la tapa”… y así por saecula saeculorum retumbaba a todo momento en cada rincón de mi hogar.

Es que no crean, controlar a la bestia es una empresa titánica y muchas veces parece que tuviese voluntad propia y de esa manera los comandos no se ejecutan a cabalidad. Ni hablemos cuando toca ir al baño en la madrugada. Si lo hago a oscuras resulta en un desastre, y si enciendo la luz ésta me encandila, quedo ciego y al final la hecatombe es igual y el sueño se me espanta.

¿Y que me dicen justo después de hacer el amor? Es más fácil saber cual será el techo del dólar que a donde irá a parar la orina y aquello parece más bien la manguera de los bomberos.

No bastando con todo esto, cualquier noche mi mujer me dio a leer un artículo que decía que el pringo del orín podía llegar hasta a más de un metro de la taza del inodoro. Si, así como lo leen y oyen, un metro, es decir, que por mucho cuidado que usted le ponga al asunto nunca saldrá bien librado y su baño será foco de múltiples bacterias.

Con la mano en el pecho puedo decir que hice mi mejor esfuerzo pero el resultado siempre fue el mismo. La edad no viene sola, y ya superada la barrera de los cuarenta aquel chorro fuerte de otros años es ya historia patria y en el presente las intermitencias son el pan de cada día. Esa noche, después de leer la columna, sacada no se de cual pasquín, me di cuenta que la única alternativa que me quedaba era orinar sentado.

Es que yo puedo ser muchas cosas, burlón, inmamable, mal geniado, pero desconsiderado con mi conyugue jamás de los jamases. Y escúchenme bien señores, si, ustedes, los que se creen machos cabríos y los domina la testosterona, el orinar sentado no es exclusivo de las mujeres o los maricas. Es decir, usted puede orinar agachado sin temor a que se le inunde la canoa y empiece a repartir nalga a diestra y siniestra. O, ¿acaso existe alguna ley o regla que prohíba o exija lo contrario? Pues fíjense que me puse a investigar y si la hay, pero ésta obliga a los hombres de una pequeña población alemana a orinar sentados para evitar todos los problemas que he descrito hasta el momento. (Lea la nota aquí: http://www.tropicanafm.com/noticia/prohibido-orinar-de-pie-en-berlin/20030805/nota/151131.aspx)

Desde que lo hago sentado (orinar, me refiero), la paz y la armonía reinan en mi hogar y soy un hombre más feliz. En las madrugadas no necesito encender la luz, simplemente llego a tientas hasta el inodoro, me bajo los pantalones, me siento, orino, me doy los tres golpes de pecho, me levanto y vuelvo a la cama sin interrumpir mi preciado sueño.

Ahora bien, no crean que la cosa es tan fácil, hay que tener una buena técnica para que no te pringues el culo, y ésta lo es apuntar a las paredes del sanitario, lo que lleva a otra gran ventaja, es decir a orinar de manera silenciosa. ¿Nunca han estado en una casa ajena y el baño está tan cerca de la sala que se escucha el chorro cayendo?, bueno, ese problema queda solucionado de raíz con esta técnica.

Otro de los inconvenientes que tuve fue re-adiestrar mi mente y mis entrañas. Ambos estaban acostumbrados a que cuando me bajaba los pantalones era para hacer de la número dos. Eso fue difícil y al principio terminaba haciendo las dos cuando solo quería la número uno. Pero el tiempo lo cura todo y esta no fue la excepción.

Una de las principales ventajas de esto de orinar sentado, aparte de la sanidad y el evitar disgustos con tu esposa, es definitivamente tener las manos libres. Ahora puedo chatear, enviar correos, ver fotos en Facebook, jugar Lumosity y por qué no, una que otra Manuela que nunca está de más.

Pero las bondades no paran ahí y llegan inclusive al plano de lo sexual. Estudios realizados por grandes científicos en Holanda demostraron que los hombres que orinamos sentados tienen una mejora en su desempeño sexual ya que la próstata está más relajada. (Lea el estudio aquí: http://www.eluniversal.com.co/salud/estudios-demuestran-que-orinar-sentado-beneficia-la-salud-de-los-hombres-187230)

Ya lo sabes amigo lector, si quieres agradar a tu esposa y evitar su cantaleta, pero además deseas ser muy varonil, haz como yo, orina sentado.

Antonio Javier Guzmán P.

jueves, 24 de septiembre de 2015

El trofeo



Tenía trece años. Esa mañana me encontraba ansioso. Por la tarde jugaría la final de un importante torneo de fútbol en la cancha del barrio El Carmen de la ciudad de Barranquilla y estaba a solo un tanto por debajo del goleador del torneo, mi compañero y amigo Steven quien se encontraba lesionado y por ende se perdería de dicho encuentro.

Llegada la hora, nuestro técnico, Darío (papá de Steven), nos dio las últimas indicaciones para la formación contra el equipo revelación del torneo. Sin embargo, nosotros éramos los favoritos y como tal saldríamos a arrasar con ellos.

Y así fue, a tan solo diez minutos del primer tiempo ya había marcado un gol (un golazo si se me permite decirlo con la mayor humildad del caso) de tiro libre que nos ponía de campeones y a mi empatado como máximo anotador del torneo.

Pero el equipo rival tenía lo suyo y nunca se entregó, antes por el contrario se volcó a nuestra área en busca del tanto pero el grito de gol se vio ahogado gracias a las habilidades felinas de nuestro arquero Jesús. 

Así terminó el primer tiempo y el segundo comenzó de la misma manera. Nuestros contrincantes no se daban por vencidos y siguieron atacando con más desespero que orden. En un contragolpe llegué al área chica y cuando me disponía a patear frente al arquero me derribaron a lo que el juez central no dudó en pitar la pena máxima. De inmediato me levanté, tomé el balón y lo puse en el centro para disponerme a cobrar el penalti que nos convertiría en campeones y en lo personal llevarme el trofeo de goleador.

Antes de tomar impulso el juez de línea levantó la banderola y el árbitro central me detuvo en el acto. Busqué el motivo de la interrupción y me di cuenta que mi compañero Steven, cojeando por su rodilla, se disponía a entrar al partido. De inmediato me pregunté -¿y por quién va a entrar?-. Al ver la tarjeta con el número 10 (el de mi camiseta) no lo podía creer al igual que la mayoría de los presentes.

Quise evitarlo a toda costa pero no tenía otra salida, el técnico del equipo había tomado una decisión y ya no había vuelta atrás. Estaba claro que no quería que su hijo perdiera el trofeo de goleador por lo tanto me sacó a mi, quien jugaba un partido excelente y me encontraba en óptimas condiciones físicas. Al salir de la cancha su hijo, apenado, bajó la mirada y siguió su camino hasta el punto penal.

Steven tomó impulso y sacando fuerzas corrió hasta el balón y convirtió. Ganábamos dos a cero y parecía que ya teníamos el título asegurado pero rápidamente el rival sacó ventaja de jugar contra un equipo que prácticamente tenía un hombre menos ya que nuestro técnico había agotado todos los cambios y Steven solo lograba caminar por toda la cancha.

Cinco minutos más tarde vino el descuento y mi equipo se vino abajo. Lo demás fue pan comido y los goles del empate y triunfo del rival no se hicieron esperar. De un claro triunfo pasamos a una estrepitosa derrota que sentenció el pitazo final del juez central.

La premiación del torneo se celebraría de inmediato pero yo me fui de allí llorando a moco tendido. Dos horas antes había llegado con dos sueños y ambos se me habían desvanecidos por un acto de mala fe de una persona. No me quedaría a ver como nos entregaban una medalla de segundones y ver a mi amigo Steven alzar su trofeo bajo la mirada cómplice de su ruin padre. ¡Ni de vainas!

Al llegar a mi casa me encerré en mi cuarto a seguir llorando. Ni las sabias palabras de consuelo de mi padre podían frenar la rabia e impotencia que sentía en ese momento.

Cuando la noche caía escuché el timbre de mi casa, unos minutos después mi papá se acercó a mi alcoba y tocando la puerta me dijo que me buscaban. Abrí, y allí se encontraba mi amigo Steven. Al verlo quedé sorprendido, ya que no me lo esperaba pero sobre todo porque sostenía en sus brazos el trofeo de goleador. Antes de que el pronunciara palabra alguna pensé -¿acaso viene a restregarme el pinche trofeo?-, pero no podía estar más equivocado y por el contrario mi amigo pronunciando palabras entrecortadas me dijo –toma, es tuyo, tú te lo ganaste, tú eres el verdadero goleador. Mi papá me obligó a entrar a jugar y no pude convencerlo de hacer lo contrario pero me arrepiento de haberlo hecho-. Me entregó el trofeo sin yo poder decir nada, me dio un corto abrazo y se marchó sin dar ni esperar más explicaciones.

Ese día, a mis cortos trece años, me di cuenta que existe gente mal intencionada y mala leche, pero también pude ver que existe gente leal y honesta que pueden alegrar tu vida con un simple gesto de hermandad. Hoy, a veintinueve años de sucedidos los hechos me sigo encontrando con ambas clases de personas. La clave está en alejarse de los primeros sin que logren afectarte y valorar a los segundos como un preciado tesoro.

Antonio Javier Guzmán P.

martes, 22 de septiembre de 2015

El justiciero sin capa



Después de pagar un recibo de teléfono en las instalaciones de Metrotel, salí caminando a buscar mi carro que había dejado estacionado cerca de allí. Cuando me disponía a cruzar la calle miré hacia la carrera 57 (de un solo sentido) y al ver que no venían vehículos seguí mi camino cuando de repente sentí que una moto que venía en contra vía estuvo a punto de arrollarme.

Mi reacción inmediata fue soltar un madrazo a todo pulmón, pero no un simple “hijueputa”, que así le decimos a todo el mundo y hasta de cariño, lo que salió de mi boca con la mayor vocalización del caso fue “¡oye, HIJOOO DE PUUUTAAA!

A unos veinte metros el tipo se detuvo y manoteando me respondió balbuceando un sin número de soeces a las que yo también le respondí alterado y todavía asustado por saber que casi me dañan el caminado. Es decir, el tipo tras de infringir las normas de tránsito se sintió ofendido por un madrazo justo y merecido. Eso me enfureció aún más y desde la distancia le lancé una frase retadora -¿Qué te pasa marica?, si quieres devuélvete-.

Pues sépanlo amigos, que el tipo se devolvió a toda velocidad y me tiró la moto encima, pero gracias a la poca habilidad que todavía conservo pude esquivarlo. Acto seguido, el fulano que tenía como 1,9 m de estatura, fornido y no más de 30 años, se bajó de la moto y cuadrándose como Kid Pambelé con sus brazos en guardia me dijo –Ven, repíteme de frente lo que me acabas de decir-.

Siendo el dueño de esta historia, y sin testigos que refutarme, pudiera decirles que le repetí en su cara el madrazo y luego lo molí a puños, pero la verdad, la triste y pura verdad, y lo digo con la mayor vergüenza del caso, es que me le cagué al tipo y cuando éste avanzó un paso hacia mí, yo retrocedí dos. Y cuando avanzó dos yo retrocedí cuatro. Finalmente, cuando le dije “no voy a pelear contigo, no tengo por que hacerlo” el motorizado tomó su casco, se subió en su moto y se fue victorioso al saber que me había hecho, literalmente, comer mis palabras.

La experiencia me dejó traumatizado y con muchos interrogantes en mi cabeza. No creo que el tamaño de mi rival hubiese sido el único motivo para evadir esa pelea, de igual manera con uno de mi estatura no creo que estuviese dispuesto a darme trompadas en plena vía pública por un acto de intolerancia de ambas partes.

Está claro, yo tenía la razón en estar molesto, pero, ¿y qué gané con mentarle la madre al tipo?, ¿qué hubiese pasado si en vez de quererse dar muñeca conmigo el sujeto estaba armado con una pistola y me la descarga sin decir palabra?, o ¿qué hubiese pasado si decido pelear con él?, si él me ganaba, yo perdía, y si yo “ganaba” también perdía.

En ese momento me di cuenta de que últimamente me la paso juzgando todo lo que me molesta, queriendo hacer justicia, cambiar lo que no se puede cambiar, tratando de corregir lo que no puedo ni de la manera que debo. Y hacer eso, cuando no tienes una capa de súper héroe ni un par de huevos de humano con que enfrentarlo, es una tarea imposible y un desperdicio de energías.

Contar hasta diez (o hasta cien en mi caso) no es fácil en estos casos, pero indiscutiblemente pude comprobar de primera mano (casi que de mi primer puño) que la otra opción es mucho peor. Como dice una amiga metafísica “Ohmmmmmm”.